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«Tesoros de la Fe» Nº 45 > Tema “Los Mandamientos de la Ley de Dios”

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Cuarto Mandamiento

Honrarás a tu padre y a tu madre


Jesucristo nos dio ejemplo de respeto a la autoridad civil y a sus leyes: "Dad al César lo que es del César..." (Mt. 22, 21). La moneda del tributo, Tiziano, 1516 — Gemäldegalerie, Dresden, Alemania.


El cuarto mandamiento «es el primero —dice el Apóstol San Pablo— al cual ha añadido Dios una promesa» (Ef. 6, 2). La promesa de una vida larga y dichosa, estando subordinada a la salud de los hijos, no siempre se cumple aquí abajo; Dios reserva muchas veces toda la recompensa para la eternidad.

Este mandamiento es también el primero de la segunda tabla, es decir, de los que conciernen al prójimo. Encierra los deberes recíprocos de los hijos y de los padres, así como también los de los demás inferiores y superiores.

A juzgar sólo por la letra de este precepto, parece a primera vista que no habla más que de los deberes hacia nuestros padres y madres; tiene sin embargo un sentido más lato: honrarás a tus padres y a todos tus superiores. Porque siguiendo el genio de la lengua sagrada, el nombre de padres comprende no solamente los que nos han dado el ser, sino también los que según disposición de la divina Providencia, son nuestros superiores en el orden espiritual y temporal (cf. F. X. Schouppe  S.J., «Curso abreviado de religión», París-México, 1906, pp. 378-379).


El cuarto mandamiento nos manda respetar al padre y a la madre, obedecerles en todo lo que no es pecado y asistirles en sus necesidades espirituales y temporales; y, nos prohíbe ofender a nuestros padres de palabra, de obra o de otro modo cualquiera.

Con el nombre de padre y madre comprende también este mandamiento a todos lo superiores, así eclesiásticos como seglares, a los cuales por esta razón debemos obedecer y reverenciar.

La autoridad que los padres tienen de mandar a los hijos y la obligación de éstos de obedecerles viene de Dios, que constituyó y ordenó la familia para que suministre al hombre los primeros medios necesarios para su perfeccionamiento material y espiritual.

Los padres tienen el deber de amar, alimentar y mantener a sus hijos, proveer a su educación religiosa y civil, darles buen ejemplo, alejarlos de las ocasiones de pecado, corregirlos de sus defectos y ayudarlos a abrazar el estado a que Dios los llama.

Dios nos propuso un dechado de familia perfecta en la Sagrada Familia, en la que Jesucristo estuvo sujeto a María Santísima y a San José hasta la edad de treinta años, esto es, hasta que empezó a cumplir la misión de evangelizar que le confió su Eterno Padre.

La sociedad civil

Si las familias viviesen separadas no podrían proveer a todas sus necesidades; fue necesario que se juntasen en una sociedad civil, a fin de ayudarse mutuamente al perfeccionamiento y bienestar común.

La sociedad civil es la unión de muchas familias dependientes de la autoridad de una cabeza para ayudarse unas a otras a conseguir el mutuo perfeccionamiento y el bienestar temporal.

La autoridad por la que es gobernada la sociedad civil viene de Dios, que quiere se constituya ésta para el bien común.

Todos los que pertenecen a la sociedad civil tienen obligación de respetar y obedecer a la autoridad, porque viene de Dios y porque así lo exige el bien común.

Se han de respetar todas las leyes que la autoridad civil impone, con tal que no sean contrarias a la ley de Dios, según el mandato y ejemplo de Nuestro Señor.

Los que forman parte de la sociedad civil, fuera de la obligación de respetar y obedecer las leyes, tienen el deber de vivir en concordia y de procurar, según sus medios, que la sociedad sea virtuosa, pacífica, ordenada y próspera para el común provecho (Catecismo Mayor de San Pío X, Ed. Magisterio Español, Vitoria, 1973, pp. 56-58).     





  




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