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«Tesoros de la Fe» Nº 39 > Tema “Más sobre Fátima”

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La muerte de la Hermana Lucía

Y la realización de las promesas de Fátima



El fallecimiento de la última vidente cierra una era en la historia de Fátima —la de los avisos— y abre otra: la de la ejecución de los episodios finales anunciados en la Cova da Iría


Luis Dufaur


El 13 de febrero pasado, en una humilde y austera celda del Carmelo de Coimbra, los ojos de la Hna. Lucía, aquellos mismos que en 1917 contemplaron a la Santísima Virgen y al Ángel de Portugal, se cerraron definitivamente para esta Tierra.

El orbe católico fue conmovido por la emoción. Y también de una acuciante indagación: ahora que la última vidente de Fátima falleció, ¿cómo correrán los acontecimientos? ¿Habrá una relación entre su deceso y la concretización de los castigos universales profetizados en la Cova da Iría?

En la larga fila del velorio, un fiel decía: “Ahora me siento solo. Es como si una protección que antes tenía hubiese desaparecido. Ahora siento la necesidad de rezar por el mundo”. Sin saberlo, él exteriorizaba el sentimiento de muchos otros. Pues la simple presencia de la Hna. Lucía en la Tierra mantenía viva la esperanza de que una vez más un misericordioso aviso de Nuestra Señora, de un último esclarecimiento hubiere venido a través de ella.

Sin embargo, la majestad de la muerte cerró sus labios. Ahora ella yace en una simple tumba en la santa clausura del Carmelo. Su partida hacia la eternidad, a pesar de ello, no cerró la serie de acontecimientos iniciados en 1917. Es un sentimiento ampliamente compartido por los católicos de todo el mundo que el “caso Fátima” entró en una nueva fase. Así, el renombrado vaticanista Vittorio Messori llegó a escribir: “Fátima forma un ovillo inquietante de misterios. [...] El desaparecimiento de la última vidente no cerró el caso. Tal vez, más bien, lo reabrió señalando horizontes desconocidos”.1

Una grandiosa misión

La Hna. Lucía ingresó en la Historia aureolada por la grandeza del Mensaje que fue portadora y por la sublime misión recibida. Misión colosal que la Santísima Virgen le confió en aquel día 13 de junio de 1917: “Jesús quiere servirse de ti para hacerme conocer y amar. Él quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón”.2 Un mes después, la Virgen añadió: “Vendré a pedir la consagración de Rusia a mi Inmaculado Corazón y la Comunión Reparadora de los primeros sábados”.3

En apariciones posteriores, Nuestra Señora y el Niño Jesús le enseñaron a la Hna. Lucía la práctica de la Comunión reparadora de los cinco primeros sábados. Por fin, el 13 de junio de 1929, durante la esplendorosa visión de la Santísima Trinidad y del Inmaculado Corazón de María, la Santísima Virgen le hizo saber: “Ha llegado el momento en que Dios pide que el Santo Padre haga en unión con todos los Obispos del mundo, la consagración de Rusia a mi Inmaculado Corazón; prometo salvarla por este medio”.4

Aquél fue un momento decisivo en la misión de la vidente. Y ella cumplió su profético deber haciendo llegar en aquel mismo año el solemne pedido al Papa Pío XI, entonces reinante.

Larga serie de llamados

A primera vista, se diría que una vez transmitido el pedido, su misión estaba cumplida. Pues efectuar la Consagración no era de la competencia de la humilde religiosa, sino del Vicario de Cristo.

Pío XI recibió el mensaje, pero, por razones no divulgadas, no realizó la consagración. Se abrió, entonces, la más dolorosa y larga fase de la misión de la Hna. Lucía: insistir filialmente una y otra vez ante los sucesivos Pontífices, a favor de la consagración que la Santísima Virgen deseaba y pedía.

Los años transcurrieron sin que la misma fuese efectuada. Hasta que, en una nueva comunicación íntima, Nuestro Señor le hizo saber que el tiempo de evitar el flagelo de los errores del comunismo, por medio de la consagración, había acabado: “No quisieron atender a mi súplica. Como el rey de Francia se arrepentirán y la harán después. Pero será tarde. Rusia habrá extendido ya sus errores por el mundo, provocando guerras y persecuciones a la Iglesia; el Santo Padre tendrá mucho que sufrir”.5

El 21 de enero de 1935, Nuestro Señor comunicó a la Hna. Lucía que “estaba bastante descontento porque no se realizaba lo que pedía”.6 En cartas posteriores, la Hna. Lucía retransmitió nuevos pedidos y advertencias celestiales concernientes a la consagración.

Más aún, el 2 de diciembre de 1940, ella escribió directamente al Papa Pío XII instándolo a hacerla. Pío XII consagró la Iglesia y el género humano al Inmaculado Corazón de María, el 31 de octubre de 1942. Pero no completó los requisitos fijados por la Santísima Virgen. La Hna. Lucía comunicó entonces al Sumo Pontífice, de parte de Nuestro Señor, que, como el acto fue incompleto, queda la conversión de Rusia para más adelante”.7

Sobre la devoción al Inmaculado Corazón de María, Jacinta (izquierda) antes de morir, previno a Lucía: “Cuando haya que decir eso no te escondas...”

En el Concilio, un lance supremo

En 1962, se abrió el Concilio Vaticano II. Éste constituyó una oportunidad excepcional para que el Papa y los obispos de todo el orbe católico allí congregados atendiesen los clamores del Cielo, y anticipasen el fin de las calamidades suscitadas por el socialismo y el comunismo, que hasta aquella fecha ya habían causado decenas de millones de muertes.

Fue así que, en ese Concilio, se dio un lance de los más dramáticos a propósito de Fátima. 510 arzobispos y obispos de 78 países suscribieron una petición al Sumo Pontífice, para que consagrase de modo especial y explícito a Rusia y a las demás naciones dominadas por el comunismo, ordenando que, en unión con él, y el mismo día, también lo hiciesen todos los obispos del mundo. Dicha petición fue entregada al Papa Paulo VI el 3 de febrero de 1964, por el arzobispo de Diamantina, Brasil, Mons. Geraldo de Proença Sigaud.

Pero tal llamado no tuvo el eco esperado. Paulo VI “confió el género humano” al Inmaculado Corazón de María el 21 de noviembre de 1964. Años más tarde, Juan Pablo II, el 13 de mayo de 1982 y el 25 de marzo de 1984 consagró el mundo al Inmaculado Corazón de María, sin hacer mención nominal de Rusia. Ninguno de esos actos —según la Hna. Lucía— satisfizo las condiciones impuestas por Nuestra Señora.

Velo de misterio

En 1989, la Historia dobló una nueva página. A mediados de aquel año, la Hna. Lucía comenzó a juzgar válida la consagración efectuada por Juan Pablo II del 25 de marzo de 1984. Hasta entonces, ella misma la consideraba inválida, del punto de vista del pedido de la Santísima Virgen. Para este cambio, la Hna. Lucía no adujo ninguna revelación sobrenatural, dejando claro que estaba formulando una opinión personal.

Ese aspecto del atardecer de la vida de la Hna. Lucía no obsta al hecho esencial: ella cumplió su obligación de comunicar al Papa el pedido de Nuestra Señora de consagrar explícitamente a Rusia y establecer la devoción a su Inmaculado Corazón.

¿Hora de los castigos divinos?

En cuanto al resto del Mensaje, se puede suponer que la ejecución de los misericordiosos pero terribles lances finales, previstos en Fátima, está por ocurrir. Ellos tienen en vista la conversión de la humanidad pecadora, que no atendió como debía los incesantes y renovados avisos, pedidos y advertencias de la Santísima Virgen en el sentido de un cambio de vida.

Para intentar lanzar luces sobre esos misteriosos acontecimientos, se podría indagar si hay hechos en el horizonte del acontecer humano que los preanuncian.

El 13 de febrero, en una humilde y austera celda del Carmelo de Coimbra, los ojos de la Hna. Lucía, aquellos mismos que en 1917 contemplaron a la Santísima Virgen, se cerraron definitivamente para esta Tierra

Hechos que abonan la hipótesis

El reciente y devastador tsunami, en el Océano Índico, ¿no habrá sido el preludio de la etapa final de los castigos previstos en Fátima? La furiosa ofensiva musulmana contra los restos de Civilización Cristiana aún existentes, ¿no es un acontecimiento que va también en esa línea? En los cuatro cuadrantes de la Tierra, se constatan persecuciones sangrientas a católicos, con miles de mártires al año.

Los errores socialistas y comunistas esparcidos por Rusia en el mundo, generan una inimaginable onda de hostilidades contra lo que resta del orden cristiano y contra la propia Iglesia Católica. Aborto, eutanasia, “matrimonio” homosexual, laicismo beligerante, experiencias genéticas anti-naturales y clonación humana, demolición de la propiedad, extinción de las legítimas tradiciones... La lista es larga.

Limitémonos a un ejemplo. España sufrió una sanguinaria guerra civil atizada por el socialismo y comunismo internacional entre 1936 y 1939. El 4 de mayo de 1943, la Hna. Lucía envió un recado de Nuestro Señor a los obispos españoles para que “determinen una reforma en el pueblo, en el clero y en las órdenes religiosas [...] Si los señores obispos de España no atienden a sus deseos, ella [Rusia] será una vez más, el azote con que Dios los castigue”.8

Tampoco este aviso fue oído. Pero, humanamente hablando, nada hacía suponer semejante flagelo. Pues, desde el fin de la guerra civil, España surcó una senda rumbo a la prosperidad, en que los conflictos ideológicos parecían hibernados para siempre. Hasta que, el 11 de marzo del 2004, el Islam revolucionario realizó un feroz atentado terrorista; poco después el socialismo asumió el poder, y desencadenó una despiadada ofensiva contra el catolicismo, de intensidad creciente. Hasta tal punto que el Primado de España, Mons.Antonio Cañizares, Arzobispo de Toledo, afirmó que los poderes públicos y los medios de comunicación social están “dispuestos a despedazar” a la Iglesia y hacerla “desaparecer”, por la “eliminación física” y por el “ataque moral”.9

Temores de la Hermana Lucía

Fuentes dignas de crédito afirmaron en Portugal que la Hna. Lucía deseaba ir a Lisboa para orar especialmente en la reciente elección que concedió mayoría absoluta al socialismo en el Parlamento del país. El gesto habría sido inaudito.

Preveía ella, en esa elección, una señal introductoria de la profecía de la Bienaventurada Jacinta: “Un terrible cataclismo de orden social amenaza a nuestro País, y principalmente a la ciudad de Lisboa. Se desencadenará, según parece, una guerra civil de carácter anarquista o comunista, acompañada de saqueos, asesinatos, incendios y devastaciones de toda especie. La capital se convertirá en una verdadera imagen del infierno. Cuando la Divina Justicia ofendida inflija tan pavoroso castigo, todos aquellos que lo puedan hacer huyan de esa ciudad”.10

Si el socialismo portugués se alinease con el socialismo español, esta hipótesis podrá volverse especialmente verosímil.

La Hna. Lucía en un reciente encuentro en Valinhos con el P. Luis Kondor, actual vice-postulador de la causa de canonización de sus primos Francisco y Jacinta Marto

¿Señales de una conversión?

Siguiendo una dirección completamente opuesta, se constata una onda conservadora de ámbito universal, de retorno a los valores morales y a las instituciones tradicionales, como la familia. El caso de los EE. UU. es paradigmático, pero el fenómeno alcanza al mundo entero. ¿No será fruto inicial de un trabajo de la gracia en el fondo de innumerables almas? ¿Y no se estará preparando de esa manera la cadena de conversiones que habrán de ser la médula del triunfo del Inmaculado Corazón de María?

El fallecimiento de la Hna. Lucía cerró un ciclo y abrió otro, tal vez más impresionante, en la ejecución del Mensaje de Fátima. En este ciclo, por encima de las especulaciones humanas, la Providencia Divina, manifestándose a través de los hechos, dirá la palabra final.

Así, como católicos, desde ahora debemos estar atentos sobre todo al lenguaje de los hechos, una vez que la sucesión  de los avisos de que la Hna. Lucía fue privilegiada portadora no produjo los misericordiosos efectos deseados por la Santísima Virgen.     


Notas.-

1. Corriere della Sera, 15-2-2005.
2. Apud Antonio Borelli Machado, Fátima: ¿Mensaje de Tragedia o de Esperanza?, 4ª edición peruana, Lima, 2004, p. 39.
3. Op. cit., p. 44.
4. Op. cit., p. 100.
5. Op. cit., p. 103.
6. Op. cit., p. 103.
7. Op. cit., p. 107.
8. Op. cit., p. 107.
9. Agencia Católica Internacional, (ACI), 16-8-2004.
10. Op. cit., p. 79.





  




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