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«Tesoros de la Fe» Nº 37 > Tema “Adviento y Navidad”

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Los tres Reyes Magos


Imponente catedral de Colonia, con sus torres de 160 metros de altura


Bellísima e imponente catedral, la más alta del mundo, relicario que guarda los preciosos restos mortales de los primeros reyes que adoraron en esta tierra al Rey de reyes y Señor de señores.


Renato M. de Vasconcelos


Las fotografías o cuadros de la Catedral de Colonia se hicieron conocidísimos en todo el mundo. Imponente, con sus dos torres elevándose a casi 160 metros del suelo, ella es una joya del arte gótico medieval en las márgenes del legendario Rhin.

Oppidum Ubiorum: Este era el nombre del floreciente núcleo urbano establecido por los romanos, en el año 38 A.C., al norte de las fronteras de su Imperio en tierras germánicas. Casi un siglo más tarde, el 50 D.C., el núcleo tomó el nombre de Colonia Agripina, en homenaje a la esposa del Emperador Claudio, madre de Nerón.

Con la conversión de los bárbaros al cristianismo, surgieron en esa ciudad, a lo largo de los siglos, grandes varones reputados por su ciencia o santidad de vida, al punto de Colonia haber sido calificada como la ciudad santa junto al Rhin, o la Roma del Norte, debido al gran número de sus iglesias. Por su importancia, se convirtió en sede episcopal y, siglos después, sus arzobispos se hicieron Príncipes-Electores del Sacro Imperio Romano Germánico.

Reliquias de los Santos Reyes Magos

A mediados del siglo XII, el Emperador Federico Barbarroja invadió Milán y se apoderó de las reliquias de los Reyes Magos, que se encontraban en la iglesia de San Eustorgio, de esa ciudad, desde comienzos del siglo VI. Y el entonces Arzobispo de Colonia, Rainald von Dasel, se encargó de realizar su traslado hacia la Roma del Norte. El día 23 de julio de 1164, al son de los carillones de las iglesias, el Arzobispo Rainald entraba en la antigua catedral conduciendo las venerables reliquias. Para guardarlas y servirles de relicario, se planeó la confección de una gran urna de oro y piedras preciosas, trayendo en el frontispicio la escena de la adoración de los tres Reyes Magos.1

Este relicario, comenzado por Nikolaus von Verdun en 1181 y terminado por sus discípulos en 1220, constituye —juntamente con el que guarda los restos mortales de Carlomagno— uno de los puntos altos de la orfebrería medieval.

La más alta torre

Sin embargo, la piedad popular quería más. Era preciso un relicario aún mayor, en el cual la piedra tallada a modo de encaje y el vitral multicolor protegiesen y envolviesen de esplendor la urna de oro y de piedras preciosas. Se planeó entonces una inmensa catedral, la mayor del mundo, cuya primera piedra fue colocada por el Arzobispo Konrad von Hochstaden en 1248, en el mismo lugar de la antigua catedral erigida en el siglo IX.

Colonia se volvió, ya a partir de fines del siglo XIII, un gran centro de peregrinaciones: juntamente con Roma y Santiago de Compostela, constituyó un de los tres mayores lugares de peregrinaciones de la Edad Media. Y ello duró hasta fines del siglo XVIII, como constata Goethe en su famosa obra Italienische Reise (Viaje a Italia).

Pese a todo, la construcción no fue concluida en el siglo XIII. Aunque Colonia era una ciudad rica, las torres sólo quedaron concluidas el 15 de octubre de 1880, bajo el reinado de Guillermo I de Prusia. La Catedral de Colonia era entonces el edificio más alto del mundo. Majestuosa, altanera, ella sobrepujaba también a las demás catedrales por la extensión de su fachada.

¡Sólido relicario de los venerables restos de aquellos tres varones que tuvieron el privilegio de estar entre los primeros que adoraron al Rey de reyes y Señor de señores! En su grandeza monumental, desafiando al destructivo diente del tempo, a la famosa catedral bien se podrían aplicar las palabras de Cicerón: “Alios ego vidi ventos; alias prospexi animo procellas” 2 (Yo he visto otros vientos y contemplé otras tempestades).

Magnífico retablo de La Adoración de los Reyes Magos (detalle, Stefan Lochner, siglo XV) que se encuentra en la Catedral de Colonia

El odio revolucionario

Contra este estupendo monumento de fe y de piedad, en el cual se reflejan los mejores aspectos del alma alemana, se volcó a lo largo de los tiempos el odio de los impíos, ateos y revolucionarios de toda clase.

A fines de la primera mitad del siglo XIX, quien representó mejor tal odio fue Heinrich Heine, en su época un exponente del pensamiento ateo y republicano de tintes comunistas. Amigo de Marx y exiliado en Francia a causa de sus escritos incendiarios, Heine consiguió, después de trece años de exilio, autorización para regresar a su país. Las impresiones de su reencuentro con el suelo patrio tras tan largo tiempo, las consignó en su famosa sátira Deutsch land, ein Wintermärchen (Alemania, un cuento de inverno). Escrita en verso, la obra, considerada un texto clásico de la literatura alemana, es objeto de un minucioso estudio en colegios y liceos. O en cursos de literatura alemana para estudiantes extranjeros.

Heine escribe que, dirigiéndose a Hamburgo, donde reencontró a su madre, llega a Colonia y contempla con mirada de odio la vetusta catedral, símbolo del “fanatismo” y de la “superstición”. No estaban lejos los ecos de los improperios de la Revolución Francesa contra la Iglesia...

Horror demoníaco a la Catedral

Heine se hospeda cerca de la Catedral, y durante la noche sueña de modo extraño. Él se ve penetrando en el templo, acompañado de un “espíritu familiar, a la manera del ‘petit homme rouge’ (el pequeño hombre rojo) que acompañaba a Napoleón a todas partes”. En la oscuridad del templo, un punto luminoso lo atrae. Él se aproxima de la urna de oro, donde reposan los tres Reyes: Gaspar, Baltazar y Melchor. Allí están concentrados, según él, casi dos milenios de “oscurantismo”, algo inconcebible después del “siglo de las luces”. Despreciando sarcásticamente la muerte, la realeza y la santidad, él hace una señal al “ejecutor de sus voluntades” (el tal “espíritu familiar”), el cual, blandiendo entonces una pesada maza de hierro, rompe, destroza, reduce a polvo aquello que él llama de “restos de la superstición”. Satisfecho con su vandalismo impío, Heine despierta.

Fue apenas un sueño, es verdad. Pero cuán expresivo de sus más íntimos sentimientos. Él deseaba que las torres de la Catedral jamás fuesen concluidas, y que el viejo edificio se transformase, en el futuro, en una caballeriza para los potros de las tropas de la Revolución.3

En siglos anteriores al de Heine, hubo también enemigos de la Iglesia que quisieron transformar templos católicos en establos. Ésa fue, por cierto, la amenaza de jefes musulmanes que, tanto en las vísperas de la batalla de Lepanto, en 1571, cuanto durante el cerco de Viena, en 1683, manifestaron su intención de entrar en la Basílica de San Pedro a caballo.

El sueño de Heine expresa bien el grado de intensidad del odio que los revolucionarios tributan no sólo a reliquias venerables, sino también y sobre todo a instituciones y valores de la Civilización Cristiana, inclusive a sus edificios.

El Islam y el sueño de Heine

Este impío escritor alemán murió hace más de 150 años. ¿Desapareció con él ese odio? No, evidentemente. Continúa vivo. Tal vez hasta más virulento, en su estado latente. Y sólo espera la primera ocasión favorable para mostrar su faz hedionda, tanto por la violencia, como por la lenta corrosión emprendida por la Revolución cultural. ¡Ejemplo típico de esa corrosión es el actual intento de transformar a Colonia en la capital homosexual de Alemania!

Se ha hablado mucho que Europa —y en particular Alemania— se encuentra en el ojo de la mira de terroristas islámicos. Y que no sería sorpresa alguna si, de un momento a otro, ocurriese algún grave y pavoroso atentado.

¿No sería la magnífica Catedral de Colonia —con sus venerables reliquias y sus espléndidas obras de arte— un blanco preferencial? Un ataque terrorista contra Colonia alcanzaría de lleno el corazón de la Alemania católica. ¡Que los tres Reyes Magos protejan nuestra Catedral!     


Notas.-

1. En 1903, el relicario fue abierto para retirar algunos fragmentos; constatándose la conservación del cráneo como de los demás huesos.
2. Cicerón, Familiares, 12, 25, 5.
3. Heinrich Heine, Deutschland, ein Winter mär chen, Insel Verlag, Frankfurt, 1993, pp. 31-34.



  




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