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«Tesoros de la Fe» Nº 34 > Tema “Dios”

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¿En qué tiempo y lugar del mundo, el pueblo fue más cristiano y cercano a Dios?


PREGUNTA

Siendo católica convicta y practicante, a pesar de la aridez por la que actualmente paso, me empeño en rezar el Santo Rosario todos los días, por la noche, y soy muy devota de la Santísima Virgen. Recibo esta maravillosa e instructiva revista. Analizando este mundo actual, tan conturbado, tan descreído y tan apartado de Dios y de la Religión, quisiera saber, si fuera posible, en qué siglo y en qué lugar del mundo el pueblo fue más cristiano, más cercano a Dios y más devoto de la Santísima Virgen. Quisiera saber también cómo se originó el Santo Rosario, quién lo instituyó y en qué época.


RESPUESTA

La lectora de Tesoros de la Fe que nos consulta va directamente al punto más crucial del diagnóstico del mundo actual. Sin saber, tal vez, que recibió una gracia muy grande de Nuestra Señora, para llegar a la descripción que hace en términos tan exactos y realistas: un mundo “tan conturbado, tan descreído y tan apartado de Dios y de la Religión”.

Aunque sea hasta banal la constatación de que el mundo de hoy está mal, pocos la expresan con precisión y acierto, yendo a la raíz de todos los problemas, que es el hecho de este mundo se haya apartado de Dios y de la Fe católica. Y de ahí viene mi primera recomendación para mi lectora: agradezca mucho a la Santísima Virgen por haberle hecho ver esta verdad, aparentemente tan simple, pero que muchos grandes de este mundo, fiándose en sus propias luces y con pretendida sabiduría, no perciben. Basta leer los periódicos, llenos de sugerencias de todo orden para recomponer el mundo; equivocadas e incluso disparatadas —y por eso mismo inoperantes—, pues desprecian el punto fundamental, que es el retorno de este mundo a Dios y al regazo de la Santa Madre Iglesia.

Mes de Junio, miniatura del libro Très riches heures du Duc de Berry, 1413 — Museo Condé, Chantilly (Francia)

Ver esta realidad es una gracia muy especial de Nuestra Señora. Pido a la Madre de Dios que proteja de modo particular a todas las almas que perciben esta trágica situación, y las haga aproximarse más y más de otras idénticas, esparcidas por el mundo, a quienes la Santísima Virgen concedió análoga gracia. Pues la unión hace la fuerza, y uniéndose a otras de la misma índole, pueden ofrecer una resistencia eficaz a la descristianización del mundo y apresurar la maravillosa intervención —aunque probablemente severa— de la Providencia, que provoque el retorno de la humanidad a Dios.

Este punto es tan importante, que no nos podemos quedar en las sintéticas consideraciones de arriba. Conviene que las explicitemos.

“Hubo un tiempo en que...”

Dentro de su lógica simple y acertada, la lectora de Tesoros de la Fe se da en primer lugar cuenta de que la presente descristianización del mundo es creciente, y de ahí deduce que hubo anteriormente una época en que la humanidad estaba más próxima de Dios. Consecuentemente se pregunta cuál fue esa época y en qué lugar de la tierra ello se realizó.

Tal pregunta ya fue respondida por el Papa León XIII, en la encíclica Immortale Dei, del 1º de noviembre de 1885, en la cual este célebre Pontífice afirma: “Hubo un tiempo en que la filosofía del Evangelio gobernaba los Estados. En aquella época la eficacia propia de la sabiduría cristiana y su virtud divina habían penetrado en las leyes, en las instituciones, en la moral de los pueblos, infiltrándose en todas las clases y relaciones de la sociedad. La religión fundada por Jesucristo se veía colocada firmemente en el grado de honor que le corresponde y florecía en todas partes gracias a la adhesión benévola de los gobernantes y a la tutela legítima de los magistrados. El sacerdocio y el imperio vivían unidos en mutua concordia y amistoso consorcio de voluntades. Organizado de este modo, el Estado produjo bienes superiores a toda esperanza. Todavía subsiste la memoria de estos beneficios y quedará vigente en innumerables monumentos históricos que ninguna corruptora habilidad de los adversarios podrá desvirtuar u oscurecer”.

El Pontífice se refiere evidentemente a la época histórica llamada Edad Media —cuyo auge podemos situar en el siglo XIII— tan denigrada por los adversarios de la Iglesia. No significa ello que en la Edad Media no hubiese habido fallas. Mas los adversarios de la Iglesia la denigran justamente por lo que ella tuvo de bueno —esto es, la cristianización de todas las instituciones y costumbres de la sociedad— y por el buen entendimiento que había entre las autoridades religiosas y civiles, inclusive los representantes de las entidades privadas, todas impregnadas de una profunda religiosidad católica, de la cual apenas restan trazos en nuestros días.

Interior de la Catedral de Notre Dame, París

El proceso de descristianización

Hacia el final de la Edad Media, sin embargo, comenzó un proceso articulado de alejamiento de la humanidad de los sabios principios del Evangelio, alejamiento éste que el Dr. Plinio Corrêa de Oliveira describe magistralmente en su libro Revolución y Contra-Revolución. En este libro usted encontrará una descripción profunda, aunque sintética, de este proceso de descristianización de la sociedad civil, el cual lamentablemente llegó a penetrar en los propios medios religiosos. Es lo que explica la crisis en que se debate la Santa Iglesia, sacudida ella también por fermentos revolucionarios; crisis ésta que se desenvuelve ante nuestros ojos, y cuyos efectos son noticiados (y muchas veces amplificados) por los medios de comunicación social.

¿El remedio? —Es simple: el retorno de la humanidad a la observancia de los diez mandamientos de la Ley de Dios y a los principios del Evangelio y de la Tradición cristiana. No se trata de copiar lo pasado. Se trata de buscar en él la inspiración para un futuro aún más espléndido, que las circunstancias concretas irán modelando.

Pero, ¿cómo esperar que ello suceda? Humanamente hablando, existe poca o ninguna esperanza. Sin embargo, la Providencia acompaña —a veces con castigos, pero también con designios de misericordia— el descarrío de los hombres. Por eso podemos esperar que ella intervenga e interrumpa esta precipitación de la humanidad en el abismo de la perdición.

San Luis IX sirviendo a los pobres, miniatura de la Petits heures de Ana Bretaña, siglo XVI — Bibl. de M. Ambr. Firmin-Didot

Esta esperanza no es va na, pues Dios incumbió a la propia Virgen Santísima, Madre de su Divino Hijo, de venir a este mundo para señalar a los hombres el peligro que corren de un gran castigo, después del cual, sin embargo, Él intervendrá con designios de misericordia y atraerá a Sí a los hombres que resulten incólumes del castigo general, para formar una sociedad verdaderamente católica. Fue lo que Nuestra Señora, con otras palabras, anunció en Fátima el año ya lejano de 1917. El mensaje de tragedia dado en Fátima —si los hombres no se convierten— termina pues con un radiante mensaje de esperanza: un gran triunfo del Inmaculado Corazón de María, que reinará sobre los corazones de los hombres, reaproximándolos a su Divino Hijo y a la Santa Iglesia. Así se formará una nueva sociedad, en la cual Nuestro Señor, por la mediación de la Santísima Virgen, volverá a ser de verdad el centro; y será dado entonces al mundo “algún tiempo de paz”, conforme lo anunció Nuestra Señora en Fátima.

En cuanto a los orígenes y formación del Santo Rosario, remito a mi estimada lectora al artículo especial que Tesoros de la Fe publica en este mismo número.     





  




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