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«Tesoros de la Fe» Nº 33 > Tema “Fiestas y advocaciones universales de la Santísima Virgen”

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La Natividad de María

Una ocasión ideal para obtener gracias especiales

Valdis Grinsteins


Nacimiento de la Virgen (1625-1630), Francisco de Zurbarán — Norton Simon Foundation, Los Angeles


Si hijos bien educados esperan con impaciencia y celebran con alegría la fecha del cumpleaños de su querida madre, si ellos se emulan en desearle felicidades y ofrecerle algún regalo, aunque sea una simple pero bella flor, ¿qué sentimientos deben palpitar en los corazones de los hijos de María el día en que se recuerda su Natalicio?

¿Cómo puede un hijo —digno de este nombre— no saber u olvidarse de la fiesta de la Natividad de la misma Madre de Dios y nuestra? Es pues de suma importancia recordar la grandeza del día 8 de setiembre.*

Una conmemoración que tardó algunos siglos

Según los cálculos más exactos y las tradiciones más respetables, María nació en Nazareth bajo el reinado de Herodes, cuando este príncipe impío trataba de aniquilar la raza real de David para imposibilitar el cumplimiento de las profecías que anunciaban que el Salvador saldría de la familia de Jesé.

¿Pero por qué —se podría preguntar— no se remontan a los primeros siglos las fiestas en alabanza a María Santísima? Estemos seguros que no se trató de un olvido de parte de la Iglesia.

Desde su fundación, la Iglesia siempre le tributó tierna devoción a la Santísima Virgen. Las circunstancias de los primeros tiempos de la Historia de la Cristiandad no permitían, sin embargo, que tal devoción fuese manifestada. A pesar de ello, las dilaciones que la Iglesia tuvo que hacer hasta poder celebrar públicamente tales fiestas es una prueba más de la sabiduría divina que la caracteriza.

En efecto, la Iglesia nació entre los judíos y creció entre los gentiles.

Mientras sus primeros discípulos, reunidos en pequeño número alrededor de un altar solitario ofrecían sus corazones al único Dios, millones de hombres se prosternaban ante millares de divinidades extrañas. Pues para los gentiles todo era dios... excepto el propio Dios.

¿Cuál era entonces, en aquellos tristes siglos, la principal misión de la Iglesia? —Atraer a los pueblos a la unidad de Dios. Esta es la razón por la cual la Iglesia no prestaba a la Virgen Santísima todas las honras que le eran debidas. Pues en aquellas circunstancias había el peligro de ser mal interpretadas por los paganos recién salidos de la idolatría.

Actuando de ese modo, la Iglesia secundaba los más ardientes deseos de la propia Madre de Dios, que quería ante todo que sólo su Hijo fuese adorado en espíritu y en verdad, por toda la Tierra.

Parecía que el propio Dios autorizaba esa conducta, pues, mientras coronaba de gloria la muerte y el sepulcro de los Mártires, dejaba en una especie de olvido la muerte y asunción de María, así como las gloriosas circunstancias de su vida.

Constantemente fiel a sí mismo y lleno de solicitud por el bien de sus hijos, el Creador había hecho lo mismo con Moisés, cuya muerte y sepultura quiso que fuesen ignoradas y sin testigos, temiendo que los israelitas, siempre inclinados a la idolatría, hiciesen de él una falsa divinidad.

Sin embargo, con el paso de los siglos, la Iglesia fue desarrollando los medios de reanimar la piedad mariana de sus hijos.

Así, si la fiesta de la Natividad no se presenta, al menos con esplendor, desde  el origen del Cristianismo, encontramos el primer y más antiguo documento sobre  el asunto en el Sacramentario de San León Magno (+461), en el cual figura  la fiesta de la Natividad de la Virgen Santísima con Misa y oraciones propias (Benedicto XIV, vol. VIII, p. 543).

Ella se celebraba en la Iglesia antes del siglo VII. En el siglo IX era una de las más solemnes en Francia.

En el Oriente, la fiesta de la Natividad ya era celebrada con pompa desde mediados del siglo XII.

Excepciones a una bella regla

La Iglesia Católica, elevándose a la altura de la fe sobre los sentimientos de la naturaleza, no celebra el nacimiento sino la muerte de sus hijos. Consideremos cuán profunda es la precisión de su lenguaje: llama natividad o nacimiento el momento de la muerte de sus santos.

En efecto, es el día de la muerte que los elegidos dejan esta vida perecible y nacen para una vida inmortal, gloriosa. La Liturgia católica sólo conoce dos excepciones a esta importante regla: la Santísima Virgen y San Juan Bautista. A éste se le celebra la fecha de su nacimiento porque vino al mundo ya santificado y confirmado en gracia. Así, con mucha más razón, debe la Iglesia celebrar la Natividad de María, que apareció en la Tierra llena de gracia y enriquecida con todos los dones concedidos por Dios a una criatura.

Libre de la mancha del pecado original, y predestinada a la Maternidad Divina, es incontestable que María fue el alma más hermosa salida de las manos del Creador, así como, después de la Encarnación, la obra más perfecta y más digna del Omnipotente en este mundo. No sin razón el arcángel San Gabriel la saludó con estas palabras: “Llena eres de gracia”.

¿Cómo celebrar esta Fiesta?

También nosotros debemos saludarla llamándola llena de gracia. Hijos de María, reunámonos en ese día alrededor suyo para presentarle nuestros pedidos y nuestros homenajes.

“Venid —dice San Ambrosio— y contemplad la vida y la virginidad de María, que será como un espejo, en el cual veréis el modelo de la castidad y de la virtud. El primer motivo de imitación es la nobleza del modelo. ¿Y qué hay de más noble que la Madre de Dios? (...) Era virgen de cuerpo y de alma, de una pureza incapaz de simulación, humilde de corazón, grave en sus palabras, prudente en sus resoluciones. Hablaba poco y sólo decía lo necesario. (...) Cifraba su confianza no en las riquezas perecibles, sino en las oraciones de los pobres. Fervorosa siempre, sólo quería a Dios por testigo de cuanto pasaba en su corazón, y sólo a Él encomendaba lo que hacía y poseía.

“Lejos de hacer la menor injuria a alguien, todos reconocían su carácter benéfico. Honraba a sus superiores y no envidiaba a sus iguales. Evitaba la vanagloria, seguía la razón y amaba ardientemente la virtud. (...) Toda su conducta llevaba el timbre de la modestia. Nada se podía observar en sus acciones que no fuese conveniente. Su alegría no era superficial, ni su voz anunciaba lo que procediese de un fondo de amor propio. Su exterior estaba ordenado con tanta armonía, que el movimiento de su cuerpo era la imagen de su alma y un modelo completo de todas las virtudes. Su caridad para con el prójimo no conocía límites. (...) Si salía era solamente para ir al Templo y siempre en compañía de sus padres” (Lib. de Virgin.).

La Virgen Niña rezando (1641-1658), Francisco de Zurbarán — Ermitage, San Petersburgo

Recurramos siempre a María

Esta fecha es pues, razón de alegría para sus hijos. Pero que no sea una alegría superficial y optimista. Temamos perder la confianza y la devoción hacia la Santísima Virgen, porque Ella es el canal de todas las gracias.

Cuando el demonio intenta penetrar en un alma, se esfuerza primeramente en arrancarle la devoción a María, pues está firmemente persuadido de que después de interceptar el canal de la gracia, esta alma no demorará en perder la luz, el temor de Dios y finalmente la salvación eterna.

Así pues recurramos a María, cualquiera que sea el estado de nuestra alma y el número o la enormidad de nuestras ofensas, pues como refugio de los pecadores más abandonados, Ella nos extenderá su mano caritativa y nos salvará. Del fondo de nuestras miserias elevemos a Ella esta oración, a la cual no puede resistir su corazón:

Acordaos, ¡oh piadosísima Virgen María!, que jamás se ha oído decir, que ninguno de los que han acudido a vuestra protección, implorando vuestro auxilio y reclamando vuestro socorro, haya sido abandonado por Vos.Animado con esta confianza a Vos también acudo, ¡oh Madre, Virgen de la vírgenes!; y gimiendo bajo el peso de mis pecados, me atrevo a comparecer ante vuestra presencia soberana. No despreciéis mis súplicas, ¡oh Madre de Dios!, antes bien oídlas y acogedlas benignamente. Así sea.     


Notas.-

* Este artículo fue redactado en base a los comentarios de Mons. J. Gaume, conceptuado autor francés del siglo XIX, en su obra Catecismo de Perseverancia, t. VIII, Librería Religiosa, Barcelona, 1857. Las citaciones que no están especificadas son de esta obra, con pequeñas adaptaciones.





  




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