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«Tesoros de la Fe» Nº 227

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Intransigencia de los Santos: irreductible fidelidad a su misión

La inquebrantable firmeza de santa Catalina Labouré en la defensa del verdadero simbolismo de la Medalla Milagrosa

Antonio Augusto Borelli Machado

El ciclo anual de las fiestas litúrgicas nos trae, este 27 de noviembre, la conmemoración de Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa.

Con ocasión de cada fiesta, la Iglesia Católica ofrece a la consideración de los fieles aspectos nuevos y antiguos que nutren las almas, renovando en ellas la fe, la esperanza y la caridad, y todas las virtudes.

Inspirados en el ejemplo de la Iglesia, Tesoros de la Fe presenta hoy a sus lectores aspectos poco conocidos de las admirables revelaciones de la Medalla Milagrosa, con las que fue favorecida santa Catalina Labouré.

Transcurridos 190 años de estas apariciones y 144 años después de la muerte de la santa, no hay mayor inconveniente en revelar, con el debido respeto, la lucha entre bastidores por la que tuvo que pasar la vidente, a fin de que fueran acatadas fielmente las indicaciones de la Santísima Virgen a respecto de su medalla.

Esta fidelidad y firmeza de santa Catalina Labouré revelarán a muchos lectores la verdadera fisonomía de la santidad, que solo puede encontrarse en la Iglesia Católica.

*     *     *

Según los tiempos y los lugares, se forman entre los fieles nociones corrientes sobre la santidad, que no siempre corresponden a la concepción auténtica de la Iglesia.

P. Juan María Aladel

Cierta escuela de espiritualidad, que daba una prioridad exagerada a la dulzura, la bondad y la tolerancia a expensas de la fortaleza, la combatividad y las virtudes austeras, comenzó a inculcar sus principios a finales del siglo XVIII, en plena fermentación de la Revolución Francesa. Se oponía así ––cayendo en el exceso opuesto–– a la agrura y al rigorismo moral mal entendido que, por obra del jansenismo, había contaminado innumerables ambientes católicos, inclusive, algunos de ellos, doctrinariamente opuestos a esta perniciosa herejía.

Tal escuela encontró el caldo de cultivo propicio para su proliferación con el advenimiento del romanticismo a principios del siglo XIX, y extendió su ola dominante hasta casi nuestros días, cuando a su vez, como fruto para muchos inesperado del Concilio Vaticano II, una ola de desacralización comenzó a barrer la Iglesia.

No es el propósito de este artículo tratar ni de los restos de jansenismo, hoy casi extinguido en las manifestaciones de la piedad católica, ni, mucho menos, del tema ––¡por muy actual que sea!–– de la tormenta post conciliar, que provocó amargos comentarios del propio Paulo VI, el Pontífice que llevó a su término y promulgó, con su autoridad, los documentos del Concilio Vaticano II.1

Tomemos, sí, como objeto de nuestras reflexiones esa devoción sentimental y romántica que caracterizó el tipo de mentalidad mencionada anteriormente y cuyos representantes sobreviven como náufragos flotando sobre las aguas, en la ola desacralizada y avasalladora de nuestros días.

Si estos católicos que restan de otras épocas ––que no son tan pocos, en contra de lo que se piensa generalmente–– supieran corregir su visión distorsionada de la piedad, todavía pueden poner en marcha los remedios efectivos para enfrentar y superar los males de la crisis actual en la Iglesia y en la Cristiandad.

*     *     *

Santa Catalina Labouré y las admirables revelaciones de la Medalla Milagrosa son temas que Tesoros de la Fe ha tratado en otras ocasiones.2

La espiritualidad dulzurosa que deseamos poner en evidencia imagina que, exclusivamente por su mansedumbre y sin ninguna forma de energía y combatividad, los santos conquistan los corazones, son comprendidos por todos, reconocidos como tales en vida y, apenas expiran, desde su lecho de muerte los rodean la veneración y el culto de los que vivieron con ellos.

Con la vidente de la Medalla Milagrosa hubo mucho de esto. Sin embargo, no solo eso. Los ejemplos de su vida y lo que siguió después de su muerte, muestran una cosa y otra.

Misión contrariada

Santa Catalina Labouré fue contrariada desde el principio de su vida religiosa por el P. Juan María Aladel, confesor del noviciado de las Hijas da Caridad, a quien la santa confió el mensaje que había recibido de la Santísima Virgen.

Foto de la santa poco antes de su muerte, cuya mirada, aunque transparente y profunda, presenta —de acuerdo con el padre René Laurentin— una particularidad: “el ojo derecho refleja las pruebas que soportó”.

En previsión de ello, la Madre de Dios ––Reina de los Profetas–– guió a la entonces novicia Catalina Labouré desde la primera aparición sobre cómo comportarse en relación con su director espiritual: “Seréis contrariada. Pero recibiréis la gracia. No tengáis miedo… Decid todo con confianza y simplicidad. Tened confianza. No temáis”.3

Esta aparición tuvo lugar la noche del 18 al 19 de julio de 1830, día en que entonces se celebraba la fiesta litúrgica de san Vicente de Paul.

Cuatro meses después, el 27 de noviembre, la Virgen María se le apareció de nuevo, mostrándole el modelo de una medalla que debería mandar acuñar y que sería el instrumento de innumerables gracias. La Madre de Dios le hizo “comprender cuán agradable es la oración a la Santísima Virgen y cuán generosa es Ella con quienes le rezan; cuántas gracias dispensa a las personas que se las piden y qué felicidad experimenta otorgándolas”.4

El P. Aladel recibió esta nueva narración de la novicia con un indisimulado mal humor: “¡Pura ilusión! ¡Si queréis honrar a la Virgen, imitad sus virtudes y contened la imaginación!”.5

Después de muchas insistencias de la vidente, y sobre todo impresionado por el cumplimiento de las profecías que ella le había comunicado sobre la revolución de julio de 1830, el P. Aladel resolvió hablar con su superior, el P. Juan Bautista Étienne, y ambos, a la primera oportunidad, obtuvieron del arzobispo de París la autorización para acuñar la medalla.

Ahora todo parecía ir sobre rieles. Pero las obras de Dios sufren percances inesperados.

Por cuenta propia, el P. Aladel modificó la efigie de la Madre de Dios que aparece en la Medalla Milagrosa: en la visión de santa Catalina, la Santísima Virgen sostiene con ambas manos un globo de oro, coronado por una pequeña cruz, que ofrece al Padre Eterno. Lleva en sus manos tres anillos en cada dedo. De las piedras preciosas de estos anillos salen rayos de luz que significan las gracias que la Madre de Dios irradia sobre la humanidad. En esta posición de las manos, los rayos de luz caen, como es natural, hacia abajo y hacia adelante. El P. Aladel consideró mejor suprimir el globo de las manos de la Virgen, y representar las manos abiertas hacia abajo, de modo que los rayos salgan de la punta de los dedos y de las palmas de las manos…

Detalles sin importancia, dirá algún espíritu superficial. La hermana Catalina Labouré no pensaba así: ante la imposibilidad de corregir la efigie de la medalla, luchó toda su vida para que al menos se hiciera una imagen conforme la actitud verdadera y se colocara en un altar, en el lugar donde la Virgen se le había aparecido por primera vez. Así se preservaría el simbolismo de la Santísima Virgen como Reina del Universo.

“Fue el martirio de mi vida”

En la primavera de 1876, sabiendo que le quedaba poco tiempo de vida, la hermana Catalina, a quien el P. Aladel había impuesto el silencio sobre las apariciones, sintió la necesidad de desahogarse con su superiora, la hermana Dufès. Esta quedó perpleja al tomar conocimiento de los cambios introducidos por el P. Aladel.

¡Un globo en las manos! ¿Cómo conciliar esto con la imagen de la Medalla Milagrosa? La hermana Dufès cree que la hermana Catalina está delirando:

—“¡Van a decir que está loca!”

Los cambios realizados por el confesor

—“¡Oh, no sería la primera vez que lo dirían! El P. Aladel me llamaba ‘avispa malvada’ [méchante guêpe] cuando insistía en ello!”.6

—“¿Qué será de la medalla si se publica esto?”.

— “¡La medalla no se toca!”, replicó la santa…7

En efecto, 45 años después de que la Medalla diera la vuelta al mundo, haciendo auténticos milagros y otras maravillas de la gracia, ya no era oportuno cambiar la forma en que se había hecho conocida.

La solución era, por tanto, hacer una representación complementaria, como sostenía santa Catalina Labouré.

La hermana Dufès, sin embargo, insiste: —“Pero si el P. Aladel la rechazó, tendría sus razones…”

—“Fue el martirio de mi vida”, responde la hermana Labouré, que revela así la pertinaz batalla que tuvo que librar para permanecer fiel a la revelación recibida.8

La hermana Dufès le pide que proporcione los detalles para la obra del escultor: los rasgos de la Santísima Virgen —orienta la hermana Catalina— no deben ser “ni demasiado joven, ni demasiado sonriente, sino de una gravedad mezclada con la tristeza, que desaparecía durante la visión, cuando el rostro se iluminaba con las claridades radiantes del amor, especialmente en el momento en que Ella rezaba”.9

Finalmente, la Virgen del Globo

Hecho el esbozo por el escultor, la hermana Dufès manda que la hermana Catalina lo vaya a ver. Ella no puede ocultar su decepción. “¡No, no es esto!”. La hermana Dufès la hace recorrer todas las tiendas de imágenes sulpicianas [al estilo de Saint-Sulpice] para tratar de encontrar el modelo adecuado. Búsqueda inútil.

Unas semanas después, el encargo es entregado. La hermana Dufès no lo coloca en la capilla, sino discretamente en su sala de trabajo, y manda llamar a la hermana Catalina. Ella lo analiza cuidadosamente. Varios detalles de su descripción fueron atendidos escrupulosamente: el globo de oro coronado por una cruz, la serpiente verdosa con manchas amarillas, que la Virgen aplasta con los pies. Pero santa Catalina no muestra ningún entusiasmo; al contrario, hace una mueca.

La hermana Dufès, algo decepcionada por el resultado de su iniciativa, la reprende:

—“No se ponga demasiado difícil. Los artistas de esta tierra no pueden hacer lo que no han visto”.10

Cuatro años después de la muerte de santa Catalina Labouré, el P. Antonio Fiat CM, el nuevo Superior General, ordenó un modelo ampliado de la imagen ejecutada por la hermana Dufès y la instala en un altar construido en el lugar indicado por la vidente.

Después de varios incidentes, en los que la imagen de la Virgen del Globo tuvo que ser retirada de ese altar por decisión de la Sagrada Congregación de Ritos, fue finalmente entronizada en el mismo altar, después de la intervención personal de un obispo lazarista ante el Papa León XIII.

Prudencia humana y audacia de los santos

¿Por qué el P. Aladel procedió de esa manera, rechazando las reiteradas insistencias de la vidente?

Según parece, temía que sobrevinieran complicaciones con la Sagrada Congregación de Ritos, cuyas normas en materia de iconografía eran muy estrictas en aquella época, prefiriendo atenerse a los modelos ya consagrados por el uso. El temor no era en absoluto infundado —por decir lo menos, en defensa del P. Aladel— como se demostró más tarde en el episodio de la Virgen del Globo, resuelto solo con la intervención personal de León XIII, como se acaba de decir.

Le faltaba al P. Aladel, sin embargo, la audacia de los santos. “Id a Roma, obtendréis más de lo que pidáis”, decía la hermana Catalina Labouré.11 Previsión que se cumplió al pie de la letra, después de su muerte.

El P. Aladel debería haber tenido en cuenta que si la Virgen ordenó que la medalla se acuñara de una manera y no de otra, Ella dispondría las cosas para que las aprobaciones necesarias vinieran de Roma.

En fin, la Santísima Virgen aceptó la medalla tal como fue hecha, e inundó el mundo con el océano de gracias conocido por todos. Sin embargo, cabe preguntarse si tales gracias no podrían haber sido mayores. Esta era la opinión personal de santa Catalina Labouré, para quien los sucesivos rechazos del P. Aladel resultaron en vocaciones menos numerosas para las dos familias religiosas fundadas por san Vicente de Paul: los Padres de la Misión (vicentinos o lazaristas) y las Hijas de la Caridad.12

Considerando el conjunto de las revelaciones con que resultó favorecida santa Catalina Labouré —las visiones del corazón de san Vicente de Paul, la de Cristo Rey despojado de sus vestiduras, el coloquio del 19 de julio con la Madre de Dios, impregnado de una intimidad y ternura indescriptibles, culminando finalmente con las dos manifestaciones de la Medalla Milagrosa–– es lícito pensar que si hubiera habido fidelidad a lo ordenado por la Virgen, el océano de gracias derramadas sobre el mundo habría sido aún mayor. Esto posiblemente habría revertido el proceso revolucionario, que está llevando al mundo entero hacia el desorden, la confusión y el caos, en un reino que no sería excesivo llamar el reino del demonio.13

 

Notas.-

 

1. Cf. Discurso en el Seminario Lombardo, del 7 de diciembre de 1968; Homilía Resistite fortes in fide, del 29 de junio de 1972.

2. Cf. Tesoros de la Fe nº 11, noviembre de 2002; nº 59, noviembre de 2006; y, nº 83, noviembre de 2008.

3. P. René Laurentin, Vie authentique de Catherine Labouré, Desclée De Brouwer, París, 1980, vol. I, p. 85.

4. Op. cit., p. 91.

5. Op. cit., p. 92.

6. Op. cit., p. 264.

7. Op. cit., p. 265.

8. Op. cit., p. 265.

9. Palabras conservadas por el P. Julio Chevalier CM, de la narración que oyó de la hermana Dufès in René Laurentin, Catherine Labouré et la Médaille Miraculeuse, P. Lethielleux, París, 1979, vol. II, p. 111.

10. P. René Laurentin, Vie authentique de Catherine Labouré, Desclée De Brouwer, París, vol. I, p. 269.

11. Op. cit., vol II, p. 502.

12. Op. cit., p. 411.

13. Cf. Plinio Corrêa de Oliveira, Revolución y Contra-Revolución, Parte III, c. III.



  




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