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«Tesoros de la Fe» Nº 182

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Azotado, coronado de espinas y condenado a muerte

San Juan Bosco

Entregado Jesús a los soldados, fue despojado de sus vestidos; y tanto lo azotaron que el cuerpo quedó hecho una sola llaga, como anunció Isaías. Para burlarse después de él como rey, le cubrieron con un paño de púrpura, colocaron en su cabeza una corona de agudísimas espinas y como cetro le pusieron una caña en la mano. Arrodillándose después delante de él, le decían:

—“¡Salve, rey de los judíos!”.

Fue conducido de nuevo a Pilatos, el cual compadecido de él lo sacó al balcón y lo presentó al pueblo diciendo: —“He aquí al hombre”. Pero los judíos, lejos de apiadarse, con más rabia gritaron:

—“Crucifícalo, crucifícalo!”. A estas instancias repuso Pilatos:

—“¿Queréis que crucifique a vuestro rey?”. Respondieron:

—“No tenemos más rey que al César”. Él replicó:

—“Tomadlo, pues, vosotros; porque yo no encuentro culpa en él”.

A estas observaciones, replicaron más furiosos:

—“No tenemos poder para darle muerte, pero según nuestra ley debe morir. Si tú lo pones en libertad, eres enemigo del César; puesto que, haciéndose rey, se rebela contra el César”.

Viendo Pilatos la inutilidad de sus esfuerzos para librarlo de la muerte, pues crecía la rabia y el furor del populacho, mandó traer agua y en presencia de la multitud, se lavó las manos haciendo la siguiente protesta:

—“Soy inocente de esta sangre. ¡Allá vosotros!”. Todo el pueblo en masa, cegado por el furor, frenéticamente gritó:

—“¡Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!”.

Jesús fue, pues, entregado por Pilatos en manos de los verdugos, los cuales le hicieron sufrir toda clase de tormentos y después le vistieron sus hábitos y pusieron sobre sus hombros una pesada cruz.

Ecce Homo, Antonio Ciseri, 1871

Camino del Calvario

Una vez fuera de la ciudad, se encaminaron hacia el Calvario para crucificarlo. En este doloroso trayecto, exhausto Jesús de fuerzas por la mucha sangre derramada, cayó agobiado bajo el peso de la cruz. Temiendo los verdugos que se les muriese por el camino, obligaron a un hombre de Cirene, de nombre Simón, a que le ayudase a llevar la cruz. Cerca ya del Calvario, encontró Jesús a unas piadosas mujeres que lloraban amargamente, al ver los escarnios y burlas de que era objeto. Dirigiéndoles Jesús la palabra les dijo:

—“No lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos, porque mirad que vienen días en los que dirán: ¡Bienaventuradas las que no tienen hijos! ¡Oh montes! ¡Oh colinas! Caed sobre nosotros y sepultadnos…”. Con estas palabras, anunciaba Jesús las terribles desgracias que sobrevendrían a los judíos en la ruina de Jerusalén.

Jesús en la cruz

Al llegar Jesús al Calvario, fue despojado de sus vestidos, extendido en la cruz, crucificado en ella con clavos en las manos y pies, y enseguida levantado entre dos ladrones que habían sido crucificados con Él. Mientras de tal modo pendía angustiado de aquel patíbulo, fue el blanco de los insultos, burlas y blasfemias de la plebe.

Como Dios Omnipotente, podía con una sola palabra barrer de sobre la faz de la tierra a aquellos inicuos que se mofaban de Él; pero queriendo desde la cruz enseñarnos a perdonar a nuestros enemigos, se dirigió a su Eterno Padre y rogó por los que le habían crucificado diciendo:

—“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”



  




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