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«Tesoros de la Fe» Nº 168 > Tema “Piedad Cristiana”

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¿Somos idólatras?, ¿estamos cayendo en la idolatría?

Pregunta

¿Somos idólatras? ¿estamos cayendo en la idolatría? ¿o estoy equivocada? Siempre veo en las joyerías que venden dijes de palomas y dicen que es el Espíritu Santo. Veo también a personas que los llevan en sus cuellos y los adoran con mucha reverencia. En una iglesia católica han colgado cerca del altar mayor una enorme paloma en posición de vuelo representándolo. Desearía una respuesta al respecto.

Respuesta

El sentido formal y primero de imagen es el de ser la representación de algo que existe o existió. Así, tenemos dos tipos de imágenes: por un lado las imágenes naturales, que tienen semejanza natural con el prototipo que las inspira (por ejemplo, la imagen del rey en la persona del heredero al trono, que es hombre como su padre); y, por otro, las imágenes artificiales o simbólicas que no tienen la misma naturaleza que el representado (por ejemplo, la efigie del rey en las monedas).La pregunta levanta una interesante cuestión sobre el culto a las imágenes. Para empezar, es necesario establecer claramente qué entiende la Iglesia Católica por imagen, para poder comprender la legitimidad de su culto.

Las imágenes religiosas son del segundo tipo. A su vez ellas pueden ser de dos tipos: unas representan seres dotados de cuerpo, como las imágenes de Nuestro Señor Jesucristo, de Nuestra Señora y de los santos; y otras representan seres puramente espirituales, como los ángeles o el propio Dios, que no pueden ser representados como ellos son en sí mismos, sino de una forma puramente analógica (por ejemplo, en ciertas representaciones de la Santísima Trinidad, Dios Padre aparece con la figura de un anciano, para expresar su eternidad) o como ellos aparecieron a los hombres (por ejemplo, el Espíritu Santo bajo la forma de paloma, como lo recuerda nuestra consultante, porque fue así que apareció en el bautismo de Jesucristo en el río Jordán).

Exteriorizar los sentimientos en actos de reverencia

La legitimidad del culto a las imágenes religiosas es resultado tanto de la razón cuanto de las enseñanzas de Dios y de la Iglesia.

El fundamento racional proviene de la propia noción de imagen, pues en ella hay dos elementos: la materia de que es hecha (madera, oro, mármol, pintura, etc.) y su forma, o sea, la representación de una persona o de una cosa.

Ahora, como bien dice San Juan Damasceno, “veneramos las imágenes no rindiéndole  veneración a su materia sino, por medio de ellas, a quienes son representados en ellas”. O sea, nosotros las honramos en tanto imagen y no en tanto cosa. En tanto imagen, ellas no tienen “personalidad” propia, ellas son de alguna manera uno solo con el original. Y es el original contemplado en la imagen que despierta los sentimientos de amor, de agradecimiento, de veneración de parte del fiel.

Y como el fiel es un ser humano, compuesto de alma y cuerpo, al mismo tiempo racional y sensible, él siente la necesidad de exteriorizar los sentimientos en actos de reverencia, besándolas o inclinándose frente a ellas.

Por eso, el Segundo Concilio de Nicea (787) enseña que “de la misma manera que es justo que sea castigado quien injuria la imagen del rey, como quien verdaderamente ha injuriado al propio rey, y aunque la imagen no sea sino madera con colores y cera unidas y mezcladas”, también así “aquel que venera la imagen, venera en ella al rey, porque en la imagen está su figura y su apariencia”.

La veneración no corresponde a un acto de adoración

¿Por qué entonces, principalmente los protestantes, acusan a los católicos de idolatría por el culto que le rendimos a las imágenes? Simplemente porque ellos atribuyen arbitrariamente a nuestros actos de culto una intención que estos no tienen, presuponiendo —muchas veces de mala fe— que los fieles, al venerar la cruz, o una imagen de Nuestro Señor o de la Santísima Virgen, están haciendo un acto de adoración a aquella imagen, como si fuese divina. Lo que no corresponde en absoluto con la realidad.

Como dice San Juan Damasceno, “si pensásemos que aquellas imágenes que hacemos son dioses, y que las adorásemos como dioses, seríamos verdaderamente impíos. Pero no es así que actuamos”.

Él explica: “Cuando se trata de imágenes, es necesario procurar la verdadera intención de aquellos que las hacen. Si la intención es justa y recta, y si las imágenes son hechas para la gloria de Dios y de sus santos, por el deseo de la virtud, de la huida de los vicios y de la salvación de las almas, es preciso recibirlas como imágenes […] y venerarlas, besarlas, saludarlas con los ojos, los labios, el corazón; es decir, como representaciones de Dios encarnado o de su Madre o de los santos, compañeros de los sufrimientos y de la gloria de Cristo”.

En general, los enemigos del culto a las imágenes (iconoclastas) alegan que Dios, en el Deuteronomio, dice a los judíos: “No os dejéis corromper, fabricando para vosotros imagen esculpida”. Ocurre que esa prohibición debe ser entendida, no de forma absoluta, sino en el sentido del contexto de ese pasaje bíblico. Esa prohibición se refería claramente a las imágenes de falsos dioses, destinadas a ser adoradas, y que los israelitas habían visto en las casas y en los templos de los pueblos paganos. El motivo de la prohibición era el peligro en que se encontraba el pueblo judío, recientemente liberado de Egipto, de caer en idolatría, como de hecho ocurrió en su marcha por el desierto, fabricando y adorando al becerro de oro.

El paso del río Jordán con el Arca de la Alianza, Juan Montero de Rojas, c. 1667 – Óleo sobre lienzo, Museo del Prado, Madrid

La prueba de que Dios no prohibió de forma absoluta la confección de imágenes, nos la ofrece el Catecismo de la Iglesia Católica al decir que “ya en el Antiguo Testamento Dios ordenó o permitió la institución de imágenes, que conducirían simbólicamente a la salvación por el Verbo encarnado: por ejemplo, la serpiente de bronce, el arca de la Alianza y los querubines” (nº 2130).

Por lo demás, como la ley de la gracia traída por la Encarnación y la Redención de Nuestro Señor Jesucristo abolió las prescripciones rituales y meramente legales de la Antigua Alianza, cesó la necesidad que había, en el tiempo de Moisés, de restringir la fabricación y el culto a las imágenes. Por eso, ya en la Iglesia primitiva de las catacumbas, las aspiraciones legítimas del alma humana, ennoblecidas en la santa libertad de los hijos de Dios, podían dar plena expansión al gusto estético, al amor al arte, adornando con diferentes representaciones de cosas santas los lugares de culto. El descubrimiento de la Santa Cruz, en el siglo IV, representó una invitación más para que los artistas la representen y los fieles la veneren, pasando a ser el primer objeto según la historia que recibió el culto de la Iglesia. Ese culto se extendió después, con toda naturalidad, a las representaciones de Jesús, de la Santísima Virgen, de los ángeles y de los santos, porque los cristianos estaban cada vez menos expuestos al riesgo de contagiarse de idolatría. 

Imágenes piadosas, sí; amuletos preternaturales, no

De lo arriba expuesto proviene la enseñanza tradicional de la Iglesia Católica, reiterada por el Catecismo: “El culto cristiano de las imágenes no es contrario al primer mandamiento que proscribe los ídolos. En efecto, ‘el honor dado a una imagen se remonta al modelo original’, ‘el que venera una imagen, venera al que en ella está representado’. El honor tributado a las imágenes sagradas es una ‘veneración respetuosa’, no una adoración, que sólo corresponde a Dios” (nº 2132).

Si la Iglesia Católica defiende con tanto vigor la legitimidad del culto a las imágenes, es por su utilidad para la salvación de los fieles. La primera es la instrucción: las verdades abstractas que entran por el oído se vuelven más manifiestas y atrayentes cuando son bellamente representadas en imágenes. En segundo lugar, ellas ayudan al hombre a acordarse de los misterios de la religión y de los beneficios de la Redención. De esta manera —y ese es el tercer motivo— las imágenes encienden, alimentan y apoyan la vida cristiana y la devoción, por la forma viva con que nos representan la santidad.

El concilio de Trento resumió así tales ventajas del culto a las imágenes: “Enseñen también diligentemente los obispos que por medio de las historias de los misterios de nuestra redención, representadas en pinturas u otras reproducciones, se instruye y confirma el pueblo en el recuerdo y culto constante de los artículos de la fe; aparte de que de todas las sagradas imágenes se percibe grande fruto, no sólo porque recuerdan al pueblo los beneficios y dones que le han sido concedidos por Cristo, sino también porque se ponen ante los ojos de los fieles los milagros que obra Dios por los santos y sus saludables ejemplos, a fin de que den gracias a Dios por ellos, compongan su vida y costumbres a imitación de los santos y se exciten a adorar y amar a Dios y a cultivar la piedad. Ahora bien, si alguno enseñare o sintiere de modo contrario a estos decretos, sea anatema”.

Obviamente, al fomentar el culto a las imágenes, la Iglesia no aprueba los abusos que puedan infiltrarse entre los fieles, bajo la forma de supersticiones, por ejemplo, por la consideración de las imágenes piadosas como una especie de amuletos con poderes preternaturales propios. O simplemente por las cada vez más frecuentes representaciones de infantilismo y de mal gusto artístico, como la inmensa paloma voladora que nuestra consultante deplora haber visto en una iglesia.

Pero no por ello, estos deplorables abusos tornan ilícito o inconveniente el recto culto a las imágenes, conforme el viejo proverbio: abusus non tollit usum (el abuso no quita el uso).



  




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