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«Tesoros de la Fe» Nº 1 > Tema “Iglesia Católica”

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Modas indecentes en las iglesias: invasión del secularismo dentro del recinto sagrado


PREGUNTA

Antiguamente las personas, cuando iban a la iglesia, se vestían con decencia, a veces pobremente vestidas, pero de manera que agradase a Dios. Hoy todo cambió. Se ve de todo en las iglesias: minifalda, short, camiseta, ropas transparentes, etc. Incluso personas así vestidas se acercan a comulgar. ¿Hubo alguna norma de la Iglesia permitiendo ese cambio? ¿Cómo explicar esa alteración de las costumbres?



RESPUESTA

Hace bien el autor de la pregunta en colocar la cuestión en el campo de la alteración de las costumbres, porque el aspecto de la inmoralidad de los trajes es tan evidente que dispensaría cualquier comentario. En todo caso, como hoy en día hasta las cosas más obvias dejaron de serlo, conviene aquí decir una palabra de esclarecimiento sobre el asunto.

Cuando asistimos a una iglesia, y por lo tanto nos vamos a presentar de modo muy especial delante de Dios, para prestarle nuestros homenajes (nuestro culto) o para pedirle gracias, es claro que no podemos estar vestidos de modo opuesto a los principios de moralidad por Él establecidos ya en el Paraíso Terrestre, cuando veló la desnudez de nuestros primeros padres vistiéndolos con túnicas de pieles (Gen. 3, 21), y también en los Mandamientos de su Ley (el 6º, “No pecar contra la castidad”, y el 9º, “No desear la mujer del prójimo”). Ni tampoco contra las normas concretas introducidas por la Iglesia, consignadas en todos los tratados de Teología Moral que, al abordar la virtud de la castidad y el 6º Mandamiento, determinan en qué medida ciertas partes del cuerpo deben estar veladas por el traje y no quedar expuestas, en razón del estímulo que ejercen sobre la sensualidad.

Pero hoy, el problema debe ser visto dentro de un panorama más vasto: no son solamente personas, individualmente, quienes no respetan las normas de la Iglesia, sino que es toda la sociedad la que ha perdido la noción de lo sacral (sagrado) y está sumida en una atmósfera de secularismo, de la cual Dios está parcial o totalmente ausente o, más precisamente, ¡de la cual fue expulsado!

Expliquemos mejor el sentido del secularismo. Esta palabra deriva del latín saeculo (siglo), y es tomada aquí en el sentido de el siglo presente (el mundo actual), por oposición al Siglo futuro, que es la vida eterna en el Cielo. San Pablo nos advertía contra los principios, las normas y las costumbres de este siglo al decir: “No os conforméis a este siglo” (Rom. 12, 2). O sea, no modeléis vuestras vidas, vuestro modo de proceder, de vestir, etc., según los principios de este siglo, de este mundo, que sean opuestos a los principios de Dios. Es la contraposición que, con otras palabras, San Agustín establece entre la ciudad terrena y la ciudad celestial.

Esto siempre fue así, y así será hasta el fin del mundo. Pero la expansión de los principios del Evangelio puede hacer retroceder los límites de la ciudad terrena y dilatar las fronteras de la ciudad celestial. O sea, hacer que en la práctica de todos los días, de los pueblos como de los individuos, los principios católicos sean más amados y seguidos.

El Papa León XIII

“Hubo un tiempo en que la filosofía del Evangelio gobernaba los Estados”, observó el Papa León XIII en la Encíclica Immortale Dei, refiriéndose a la Edad Media. La Iglesia gozaba en aquel tiempo de enorme prestigio, y sus normas valían para toda la sociedad. De entonces para hoy, lamentablemente, los principios del Evangelio fueron perdiendo fuerza en la sociedad, ésta se fue secularizando, la Iglesia fue siendo paulatinamente marginada, y con ella la moral. Y llegamos a los días actuales, en que los principios del Evangelio sólo son seguidos, en la teoría o en la práctica, por un número ínfimo de personas, incluso entre quienes frecuentan las iglesias...

A la pregunta, pues, si “hubo alguna norma de la iglesia permitiendo ese cambio”, debe responderse que, independientemente de algún Obispo o sacerdote que abrió las puertas de su iglesia a gente vestida como el lector describe, lo que hubo fue una invasión tempestuosa de los vientos del secularismo ¡dentro del recinto de las iglesias! ¡sin pedir permiso, con el permiso o contra el permiso de los responsables por nuestras iglesias! La ciudad terrena –secularizada– dilató sus fronteras e invadió hasta los límites de la ciudad celestial. La inmoralidad entró galopante.

De tal manera que, para recomponer la situación, no bastará poner de nuevo en vigor las normas sabiamente emitidas por las autoridades eclesiásticas de otrora. Es preciso desterrar, teórica y prácticamente, los principios y normas de conducta impuestos por el secularismo. Lo que equivale a decir que es preciso impregnar nuevamente toda la sociedad con los principios del Evangelio y reponer a Jesucristo y su Iglesia en el centro de todas las cosas.

Lo cual no se conseguirá sin un arduo combate de los que permanecen fieles a las enseñanzas de la Santa Iglesia. Pero sobre todo no se conseguirá sin una intervención especial de la Providencia en los acontecimientos humanos, llamando a los hombres a la razón —eventualmente con el desencadenamiento de castigos sobre la humanidad prevaricadora— y abriendo sus corazones a la acción de la gracia divina, por medio de una actuación potentísima de Nuestra Señora, Medianera de todas las gracias. Sobre cómo podrá ocurrir esto, el Mensaje de Fátima trae esclarecimientos muy confortantes.     





  




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